Si bien nunca va a llegar a ser un gran vino, simplemente porque no es su objetivo; hay momentos en los que un rosado es la mejor opción, indiscutidamente. Y esto es relevante porque muchas veces no se trata de servir el mejor, sino el más adecuado para la situación. Claro que para lograrlo, la oferta debe ser amplia y de calidad. Y eso hoy a los vinos rosados nacionales les sobra.

Pero repasemos un poco como estos vinos lograron revertir su situación. Llegaron a ser los vinos más tomados cuando aquí se bebía sin ningún tipo de exigencias. Luego, quedó en el olvido por su antepasado alejado de la calidad. Esto y los prejuicios por su color que lo tildaban de cualquier cosa menos vino, hicieron que casi desaparecieran. Pero el auge del Malbec los revivió. Porque en un momento, para impresionar a los consumidores del mundo, los enólogos comenzaron a realizar sangrías. Es decir que al 100% de los sólidos (hollejos) los fermentaban con el 80% de los jugos (mosto). Y así salía un vino más concentrado. Al principio ese 20% del mosto sobrante se vendía sin valor agregado. Pero luego comenzaron a surgir los “nuevos rosados argentinos”, hijos de la sangría. Esto no fue lo que le devolvió el alma a la categoría, pero marco el principio de su renacimiento. Porque básicamente era un aprovechamiento de un desperdicio pero que poco tenía que ver con lo que un rosado debía ser. Por ser muy concentrado en cuerpo y color, carecer de una acidez natural adecuada y poseer mucho alcohol para un vino que se debe disfrutar de manera informal.

Con el tiempo, la sangría se dejó de lado, la concentración paso a estar en la viña, pero la categoría ya estaba creada y había que seguir adelante. Así fue como nacieron los “verdaderos rosados”. Pensados como cualquier otro tipo de vino; desde el viñedo. Y así, siempre con el Malbec como variedad principal gracias a sus atributos naturales, hoy tenemos en las góndolas una gran cantidad de etiquetas ideales para disfrutar en primavera. Sus colores ya no son tan intensos, sus aromas son simples pero delicados, siempre alrededor de los tonos frutales y florales. Su frescura natural es como la de los blancos y sus sabores son amables. Suelen ser ligeros y ágiles. Y si bien algunos tiene la estructura suficiente para acompañar pescados y carnes blancas, la mayoría están pensados para el comienzo del encuentro. Como aperitivo, para las picadas o para la previa del asado. Con arroces (risottos y paellas), ensaladas y mariscos de todo tipo, suelen lucirse; incluso con pizzas. Hoy, los rosados van mucho más allá del Malbec. Hay de Bonarda, Syrah, Cabernet Sauvignon, Pinot Noir, Merlot, Cabernet Franc y hasta de Canarí; una cepa casi olvidada. Y todos ellos son los mejores para disfrutar en primavera.

Como ven cada vez hay más y mejores (por dentro y por fuera).

Algunos de los que yo suelo elegir y tomar: Syrah Rosé de Santa Julia, L´Argentin de Malartic, La Flor de Pulenta, Serie A Malbec Rosé, Jean Rivier Malbec Rosé y el de Zorzal, entre otros.

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Sobre El Autor

Hace 15 años degusté un vino por primera vez y supe que querría hacer de mi vida profesional. Compartir mi pasión; por eso me dediqué a comunicar el vino. Más de 30.000 vinos degustados y 20.000 publicados, más de 100 revistas editadas y miles de notas. Siete años en TV, cuatro en radio y seis en la web. Más de 20 exposiciones de vino organizadas y más de 30 concursos internacionales como jurado, además de muchos viajes a zonas vitivinícolas del mundo. Todo esto, simplemente me ayuda a conocer más, para poder compartirlo mejor.