Es cierto que cada cual es libre de hacer lo que quiera, y más en este país. Pero la liberación de las comunicaciones y los avances tecnológicos han provocado, además de una revolución, un gran revuelto en los mensajes.

Y si bien todos tenemos derecho a expresarnos, hay que marcar la diferencia entre consumidor y comunicador. El amante del vino puede decir lo que quiera, donde quiera y dirigido a quien quiera, usando todos los adjetivos que se le ocurran. Básicamente porque su interés no está en compartir su opinión sino en el contacto con sus amigos. Quizás para demostrar que le gustó mucho, poquito o nada tal o cual vino, o que le cae muy bien o muy mal tal o cual enólogo. Pero qué pasa cuando un enófilo se convierte (o quiere convertirse) en un comunicador de vinos.

Hoy es muy fácil, con un blog o simplemente desde las redes sociales se pueden compartir impresiones de una cata, una comida o la visita a una bodega, casi en tiempo real. Y así, lo que simplemente era una experiencia placentera de uno, se convierte en un mensaje y en un contenido para compartir con otros.

Es cierto que no hace falta ser periodista recibido para poder contar lo vivido, tanto como que la experiencia es fundamental; y más en algo tan autodidacta como el vino.

Pero existe una gran diferencia entre vivir algo y contar lo vivido. Se supone que al narrarlo no se busca simplemente contarle a otros las propias sensaciones, sino a través de una nota permitir que otros puedan conocer y en todo caso también disfrutar del vino en cuestión. Esto significa que al comunicar uno debe pararse más del lado de la objetividad, por más que se trate de un mundo subjetivo. Esto es muy necesario, independientemente de la cantidad de lectores o seguidores, porque si no el mensaje no sólo no se entiende, sino que llega al receptor tergiversado.

Si un consumidor adula a un enólogo o describe un vino con un sin fin de adjetivos calificativos positivos está bien. Pero no es lo mismo si lo hace alguien que comparte sus opiniones y pretende ser respetado por ellas. Simplemente porque ser obsecuente no es un atributo vinculado a la capacidad de crítica. Muy por el contrario, supone tal relación de afinidad que todo lo referido al protagonista (sea un vino o una persona) será igualmente favorable o desfavorable, dependiendo del caso. Es decir que al fanatismo hay que dejarlo de lado porque no construye.

Por otra parte, a los hacedores de vino les sirve mucho más la crítica constructiva que los halagos, ya que estos no ayudan a mejorar. Es más, hay veces que fomentan el fracaso por inflar mucho los egos.

Miguel Brascó odiaba a los obsecuentes, a los que sólo querían sacarse una foto con él o lo saludaban en los eventos recitándole atributos, gritándole al oído.

A mi no me cambia en nada, porque se quién es quién, y en todo caso a qué colega leer. Pero viendo el ida y vuelta vertiginoso que permiten las redes, puedo imaginarme un sin fin de consumidores que no saben si amar u odiar una etiqueta antes de degustarla. Es difícil marcar un límite hoy por hoy en las comunicaciones porque todos compartimos todo, y escribimos en los mismos muros.

Creo que para lograr un consumo más racional, que les permita a todos disfrutar el vino de acuerdo a sus posibilidades y sentir el orgullo que los vinos argentinos merecen, los mensajes deben ser más claros y no tan empalagosos.

Porque no existen los genios, los monstruos o las bestias, como así tampoco vinos increíbles, ni mágicos, ni de otro planeta. Por suerte los hacedores son seres humanos como todos y sus vinos, la bebida más noble y disfrutable que existe.

Sobre El Autor

Hace 15 años degusté un vino por primera vez y supe que querría hacer de mi vida profesional. Compartir mi pasión; por eso me dediqué a comunicar el vino. Más de 30.000 vinos degustados y 20.000 publicados, más de 100 revistas editadas y miles de notas. Siete años en TV, cuatro en radio y seis en la web. Más de 20 exposiciones de vino organizadas y más de 30 concursos internacionales como jurado, además de muchos viajes a zonas vitivinícolas del mundo. Todo esto, simplemente me ayuda a conocer más, para poder compartirlo mejor.

2 Respuestas

  1. Leonardo

    Hola Fabricio, se entiende perfectamente y tenes razón, parece que lo que sobran son obsecuentes, pero no lo tomes a mal, viendo tus videos justamente hoy me di cuenta que no sos “malo” con los vinos y que quizás cuando alguno no te gusta de verdad no salís a hablar mal ni decir lo que realmente no te gusto o si sentiste algo que estaba mal. Igualmente te respeto porque sos un tipo admirable por conocimiento y la forma en que transmitís los vinos (no es obsecuencia), Abrazo

    • Fabricio Portelli

      Leonardo, muchas gracias por tus comentarios. Creo que es trabajo de todos poder mejorar. Es cierto que no promuevo vinos que no considero tengan atributos para destacar, porque simplemente no le veo sentido. Habiendo tantos vinos por conocer que merecen la pena, perder tiempo con los que no me parece algo que no suma, y en todo caso resta. Pero no te lides que mis juicios de valor sobre los vinos tienen que ver con su calidad y no con mis gustos. Ser obsecuente no ayuda a nadie, ni al destinatario de los elogios ni la audiencia, en todo caso se le puede decir en privado a alguien lo que uno piensa. Pero al compartirlo creo que se embarra el mensaje. Abrazo y gracias