¿Querer es poder? Dicen que sí. Pero además de voluntad hacen falta voluntades capaces de lograr los objetivos propuestos. Sobretodo si el anhelo es producir los mejores vinos del mundo.

A priori no existe una fórmula para el éxito, pero eso no impide encontrarla, y mucho menos buscarla. Lo primero es la decisión, el anhelo, el sueño a conquistar. Tener eso claro es el punto de partida. Lógicamente hacen falta medios proporcionales al objetivo para encontrar el lugar indicado, y para construir la bodega, en este caso.

La familia Bemberg contaba con los medios, pero al adquirir Grupo Peñaflor no pensaba en trascender la historia del vino con su nombre. Eso llegó después de un tiempo de “jugar” a hacer los mejores vinos posibles, de los diferentes terruños de la compañía, para consumo familiar.

Pero algo pasó. Alguien vio pasar delante de sus ojos la fórmula del éxito, y el proyecto comenzó a rodar. Porque a los medios se le sumó el deseo, y a estos, las personas capaces de poder llevarlo a cabo.

Uno más uno es dos, pero cuando se suman Belmonte y Pi, el resultado puede ser exponencial, y el sueño de hacer los mejores vinos del mundo se torna posible. Obviamente es un largo camino, más pensado para los que vienen que para la quinta y sexta generación de los Bemberg; hoy a cargo de Peñaflor.

Pero este proyecto nada tiene que ver con la empresa bodeguera más grande de la Argentina, y una de las más importantes del mundo. Porque si bien los Bemberg son propietarios de Peñaflor, su bodega no pertenece a la empresa, sino a la familia.

Es cierto que al principio se utilizaron todos los recursos disponibles, pero cuando tomaron la decisión de ir por otro camino, todo quedó muy bien separado.

Daniel Pi ya no podría ser el enólogo de Trapiche, con todo lo que eso le implica, y cedería su liderazgo a Sergio Casé, su fiel compañero los últimos veinte años.

Y si bien Pi sigue siendo el máximo responsable de Peñaflor, su día a día ahora transcurrirá en la flamante bodega de Albo Gualtallary que él mismo ideó.

Por su parte, el ingeniero Marcelo Belmonte ha hecho un trabajo excepcional. Primero buscando, junto con Daniel, el mejor lugar para crear el viñedo en función a los vinos que se querían lograr. Sin condicionamientos más que los deseos de grandeza vínicos; que a nadie se le pueden negar.

Con la adquisición del viñedo, llegó la planificación. Y luego de caminarlo mucho, entendieron cómo hacerlo y con qué variedades plantarlo.

Por su parte, Daniel Pi comenzó a hacer vinos para la familia en 2011. Pero dejaron de ser solo el sueño de una colección familiar con la cosecha 2013, cuando salieron al mercado en 2018. La propuesta inicial fue la de “un viaje imaginario” a través de los mejores terruños nacionales. Hoy, la cosecha 2014 le está por dar paso a la 2015, mientras el nuevo sueño comienza a tomar forma. Porque el viñedo ya está conformado y la bodega terminada.

Belmonte pensó en todo para lograr uvas de altísima calidad todos los años, naturaleza mediante. Así Pi contará con el elemento fundamental para lograr ese gran vino anhelado.

Los Bemberg quieren trascender con su familia en la historia del vino argentino, más allá del negocio. Es por ello que luego de mucho meditarlo, decidieron poner su nombre en las etiquetas; por primera vez en un emprendimiento. Y esto es un mensaje muy claro para la industria, porque demuestra que más allá del volumen de negocios que propone Peñaflor, en Bemberg Estate Wines el compromiso es llevar la calidad del vino argentino lo más alto posible para lograr el mejor vino del mundo.

Secretos en la montaña

Si bien ya había Chardonnay y Malbec desde 1995/1998 en unas 28 ha de la finca adquirida en 2013; demostrando ser una de las primeras plantaciones de Gualtallary; Marcelo Belmonte sabía que primero había que caminar el viñedo antes de decidir el cómo y el qué viticultura encarar allí en pos de logar los vinos deseados.

Y después de muchos estudios de suelos, que incluyeron el análisis de la flora nativa y la medición de la profundidad de las piedras, decidió que la viticultura ideal para ese viñedo sería la de plantas pequeñas (small vines viticulture). Por un lado, porque es un concepto tradicional que tenía mucho que ver con los vinos encomendados por la familia a Daniel Pi. Y por el otro, porque era la mejor forma de aprovechar cada rincón seleccionado del viñedo.

Inspirados por el lugar, las montañas y la información que le brindó la flora nativa, se eligieron las variedades y los clones, con pie franco y porta injertos específicos. Las altas densidades de plantación; que van de las 7000 a las 11000 plantas por hectárea; generarían la competencia necesaria de las vides para lograr la concentración adecuada de las uvas. La orientación (N/S y NO/SE) se calculó para lograr el “cross shading”; el sombreamiento natural de las plantas para lograr moderar la temperatura de las bayas; clave para el metabolismo enzimático durante el ciclo de madurez.

Cada variedad se ubicó en el perfil de suelo más conveniente, que va desde los 20cm hasta el 1,5m de profundidad antes de llegar a las piedras, en su mayoría con carbonato de calcio. Con el riego también se controla el vigor, y con el corredor biológico (amplios sectores de la finca quedaron intactos) y las gramíneas naturales entre las hileras, se buscó fomentar la biodiversidad, porque la sustentabilidad está por encima de toda filosofía.

Claramente, la parte nueva de la finca contrasta con la vieja, reflejando los diferentes modelos de plantación, y cómo ha evolucionado la viticultura. Las formas ahora no son importantes, o mejor dicho sí, pero en función al suelo.

Así, Malbec, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Petit Verdot y Chardonnay se adueñaron del paisaje, para que Marcelo y Daniel comiencen a develar el secreto en la montaña.

Reto al destino

El flamante enólogo de Bemberg Estate Wines confiesa que no tuvo condicionamientos para dar vida a los nuevos vinos de la familia. Solo tuvo en cuenta que a ellos les gustan los vinos tradicionales, y con algunos años de guarda.

Recién con toda la información derivada de los estudios del suelo, incluidas cientos de calicatas, eligieron las variedades más aptas: Malbec, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, y Petit Verdot (además del Chardonnay), en ese orden de importancia. Y esta selección también está ligada a lo tradicional de la búsqueda (y no a la innovación), porque son uvas provenientes de Burdeos, donde previo a la filoxera, el Malbec era el cepaje más importante.

Si el viñedo está pensado en función a los vinos, la bodega más. Así fue como Daniel Pi la soñó primero, y luego la convirtió en realidad gracias a los arquitectos Eliana Bórmida y Mario Yanzón.

La experiencia de Daniel Pi le permitió pensar en cada detalle. Sabiendo que para lograr el mejor vino del mundo tiene que conocer a fondo el terruño de donde provienen las uvas, pensó en diversos formatos de vinificación, todos de pequeños volúmenes. Diseñó unas cubas de concreto con forma de copa de vino, pero sin pie, de 4500l. También adquirió cubas de madera del mismo tamaño para fermentación, y algunos pocos taques de acero, más para movimientos internos que para fermentar. Pero eso no es todo, ya que también cuenta con formatos más pequeños, y la posibilidad de microvinificar en barricas para una mayor experimentación. Por eso, los tanquecitos, los huevos de cemento, los roll fermentors de madera, y hasta las “perlas” de roble, se usan para hacer pequeñas partidas de 1000l que permitan sacar grandes conclusiones.

Pudiendo vinificar por separado cada rincón plantado de la viña, la crianza debía estar a la altura de dichas complejidades. Es por ello que cuenta con barricas de todo tipo (225 y 500l), además de grandes cubas de roble; ovaladas y en forma de tonel; para crianzas prolongadas.

La uva, una vez que llega a bodega; con capacidad para 300.000l; se trata con el mayor de los cuidados, y todos los movimientos son por gravedad.

El diseño energético elegido por el enólogo tiene que ver con poder captar la fuerza natural que viene del viñedo. Por eso todos los vinos serán con levaduras autóctonas.

La estética es importante, siempre y cuando pueda potenciar el entorno. Mostrar una calicata gigante en la cual se puede apreciar cómo es el suelo que rodea a la bodega es un detalle impactante. Desde afuera, más que llamar la atención, la bodega se confunde con el paisaje, y se nota que está más pensada en el respeto de la naturaleza que la rodea que en la moda; que siempre es pasajera.

Daniel Pi le ha cedido su lugar en Trapiche a Sergio Casé; en la bodega desde la vendimia 2001; para dedicarse de lleno a este nuevo emprendimiento, que lo tiene muy motivado, más allá se seguir siendo el máximo responsable enológico de Peñaflor.

Ahora, tiene frente a sí el mayor desafío de su carrera. Y justo cuando estaba empezando a agobiarse por la vorágine que impone el auge del vino argentino; sobretodo en una gran bodega de nivel mundial; le llega este nuevo reto al destino.

Vinos con luz propia

En 2019 fue la primera y pequeña cosecha, y este 2020 también habrá poca uva culpa del granizo. Pero eso no importa porque este es un proyecto a largo plazo.

Del viñedo de Albo Gualtallary saldrá el mejor vino de la casa; el Pionero, que hoy se hace también con uvas propias de Gualtallary, pero de otro viñedo.

Ese vino es un homenaje a Otto Peter Friedrich Bemberg Drügg (1827-1895), y a su único hijo Otto Sebastián; los pioneros de la familia.

Pero saben que para lograrlo hay que recorrer un largo camino. Es por ello que emprendieron un “viaje imaginario”. Todo empezó como un hobby de la familia (repartida entre Argentina, España y Francia); hacer los mejores vinos posibles en los diversos terruños argentinos que Peñaflor ya poseía, para su consumo. Y como tales debían ser a imagen y semejanza de sus gustos. Por eso, formaron un comité interno y dieron vida a vinos elegantes y de estilo tradicional, a los cuáles denominaron La Linterna, como la icónica casa de la familia en Martínez, inspirada en la casa de huéspedes del Palacio Versalles.

El éxito de los vinos nacidos en 2011, entre familiares y amigos, los inspiró para compartir sus vinos con aquellos consumidores que pudieran apreciarlos y disfrutarlos como ellos.  

Por eso el 2013 es un punto de inflexión en la rica historia familiar. Compran el viñedo y elaboran los primeros vinos de La Linterna, que llegaron al mercado a mediados de 2018. Hoy, es el turno de los 2014, y en breve desembarcarán los 2015. Pero en la bodega ya descansan (en estiba y en guarda) los 2016, 2017, 2018 y 2019, que muestran más precisión en reflejar los distintos terruños, siempre con delicadeza.

El primer vino vinificado en la flamante bodega fue un Chardonnay 2019 (fraccionado en febrero 2020) con uvas de la misma finca, de la parcela 1 (la parte más baja y antigua del viñedo), plantada hace 25 años (clones R8 traídos de Italia), con muy baja densidad (2600 plantas /ha), en suelos menos profundos, fermentado en huevos, foudres y barricas. Va a seguir descansando en botellas clásicas y magnum un par de años más. Hoy, La Linterna Chardonnay (2016) también se hace con uvas de Gualtallary.

“Todos los vinos tienen una filosofía en común, de Mendoza a Salta”, afirma Daniel Pi.

El Pinot Noir nace en Los Arboles, 20km más al sur de la bodega, a 1350m, muy cerca del pedemonte. Es una finca plantada en 2008 con muchas dificultades. Se planificó una represa enorme, pero ya no hace falta regarla. Con clones de Dijon (828/777/115), es una parcela vinificada en cubas, sin intervención de biotecnología, con fomentaciones espontáneas, y entre el 15 y 20% de racimos enteros, y maceración prefermentativa hasta que arranca. Sube la temperatura, se prensa, y se termina de fermentar en madera. Se realiza la maloláctica, y reposa un año y dos meses en barricas, y de ahí a la botella. Dicen que, de todos los vinos de La Linterna, el Pinot Noir fue el más resistido por la familia, aunque hoy es uno de los preferidos.

Asesorados desde el inicio por la Master of Wine Madeleine Stenwreth, hoy este Pinot Noir de estilo Borgoña se vende bien en el Reino Unido (50 libras).

Obviamente el protagonista más importante de este viaje imaginario es el Malbec, capaz de mostrar como ningún otro la diversidad y carácter de los distintos rincones vitivinícolas de la Argentina. La Consulta, Gualtallary, Pedernal (la gran sorpresa para muchos), y Chañar Punco. De los Altos Valles Calchaquíes también llega el Cabernet Sauvignon de Finca Las Mercedes.

Daniel y Marcelo saben que la 2015 fue una cosecha muy difícil, y que la 2016 también fue muy complicada. Es más, Daniel no la entiende aún. En 2017 hubo poco volumen, pero la marcha climática fue más regular. En 2018 siguió mejorando la situación y la 2019 promete ser excepcional, aunque este 2020 viene muy adelantada y aún es pronto para sacar conclusiones.

Pero el gran objetivo es hacer un gran vino, y a lo sumo agregar un segundo, como en los chateaux más prestigiosos de Burdeos. Ese vino será el Pionero, y se elaborará 100% con uvas de la finca que rodea a la bodega. Eso no impide seguir adelante con esta línea de vinos de alta gama. 

Como se trataba de un homenaje, Daniel se imaginó el vino que se tomaba en Argentina hace décadas, y lo hizo así. Un tinto tipo Burdeos, con el Malbec como principal protagonista (60%), Cabernet Sauvignon y Cabernet Franc.

Estos vinos proponen un “viaje imaginario” por los terruños que ellos consideran más aptos, a través de las variedades que mejor se expresan en cada lugar.

Un claro mensaje de “los Bemberg” que llegaron (de la cerveza) a la vitivinicultura para quedarse, y no solo hacer negocios. Por eso, más allá de apoyarse en Marcelo Belmonte y Daniel Pi (viticultor y enólogo responsable de Peñaflor), confiaron en ellos para dar vida a este nuevo proyecto familiar. Y, además, les dieron libertad absoluta para diseñar el viñedo y la bodega de acuerdo a los vinos que la familia quería; los mejores vinos del mundo.

Degustación de los vinos

Sobre El Autor

Hace 15 años degusté un vino por primera vez y supe que querría hacer de mi vida profesional. Compartir mi pasión; por eso me dediqué a comunicar el vino. Más de 30.000 vinos degustados y 20.000 publicados, más de 100 revistas editadas y miles de notas. Siete años en TV, cuatro en radio y seis en la web. Más de 20 exposiciones de vino organizadas y más de 30 concursos internacionales como jurado, además de muchos viajes a zonas vitivinícolas del mundo. Todo esto, simplemente me ayuda a conocer más, para poder compartirlo mejor.

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